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Una pieza para orquesta sin música. Así describió Maurice Ravel su Boléro, composición visionaria pensada para la danza antes de aterrizar en la sala de conciertos. En 1961, Maurice Béjart asume el desafío de transformarla en movimiento, enfrentando melodía (el solista) y ritmo (el grupo), una matemática de cuerpos sumergidos en un crescendo implacable y liberador.